Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

No lo recuerdo bien pero creo que era de un escritor argentino. Déjame pensar… Nada, imposible. La que sí tengo grabada es la frase, esa no se olvida. “Para jugar al fútbol tengo dos problemas: uno es la pierna izquierda. El otro, la pierna derecha”. ¿No me digas que no es genial? ¡Fontanarrosa! ¡Eso es! Roberto Fontanarrosa se llamaba el tipo. Bien, pues la frase puede servir perfectamente como lema de mi vida futbolística.

Aquel día, cuando el míster recitó el once y no escuché mi nombre tampoco me sorprendió, Verás, ese día intuía que no jugaría. En serio, era así. Con 15 años mi juego no era muy diferente al de ahora. Cuando me informaron de la Federación Asturiana que alguien había decidido incluir mi nombre en la lista de convocados pensé que era una broma. Marcaba goles, sí, pero… ¿Diego Cervero en la selección asturiana?

cerveroDe aquellas yo no era precisamente un delantero muy estético, de movimientos gráciles. Es fácil de creer, ¿no? Era todo voluntad y metía goles, eso sí. Me había servido hasta entonces para ser el jefe del recreo. Pero el fútbol de competición era otra cosa. Por eso decidí ponerle entrega, pasión, entusiasmo. Alguien me lo había dicho en mis inicios: “Diego, serías capaz de enterrarte vivo con tal de demostrar que sabes cavar”. Esa era la idea, ¿me crees no?

Pero volvamos al partido, que me pierdo en los detalles. Ahí estaba yo, te puedes imaginar la pose: reclinado en el banquillo, con las piernas estiradas y la mente en otra parte; en la playa, en el surf, en las chicas, no sé… Ya te he dicho que tenía 15 años, ¿no? La cosa es que jugábamos contra Cataluña, el mejor equipo del campeonato y nos esperaba un partido complicado. Casi había agradecido no jugar de inicio, ¡No sabes cómo movían el balón aquellos chavales! Sobaban el Etrusco hasta gastarle los dibujos. Aquella selección catalana tenía algo de adelantada a su tiempo.

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Empezó el partido y pasó lo que tenía que pasar. ¡No veas que baile, tú! Uno a cero. Después el segundo. Y el tercero. El cuarto y el quinto no tardaron en llegar. Aquel once de enclenques nos estaba bailando. El míster parecía desencajado, ¡tenías que verlo! Bufidos por aquí y por allá. Camisa desabrochada y un torrente de sudor quién sabe si a causa de la temperatura o del rubor por lo que estaba viendo. Buscaba soluciones desesperadas y quizás por eso se fijó en mí. “Diego, prepárate que estos nos meten 10”, me escupió mientras digería la goleada.

De aquellas yo era un tío alto. Imponía. Sacaba una cabeza al resto de mis compañeros y mi pelo largo, recogido en una coleta, me confería un aspecto aún más severo. Parecía un forajido. Aunque el que manda no me lo hubiera dicho, sabía cuál era mi rol.

Intimidación. El partido estaba perdido pero el orgullo aún quedaba en juego. Si de algo sabía ya por entonces era de competir, de no rendirte bajo ningún concepto, de no dejar que te amedrenten. Salí y empezó el mareo: uno, dos, tres… perdí la cuenta al vigésimo pase que se daban los catalanes. Cuando se acercaban a la treintena, el muchacho frágil y macilento que pasaba por mi lado recibió la bola. Sabía lo que tenía que hacer.

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“¡Zaca!” El golpe se pudo escuchar en todo el campo. El chico se quedó tirado en el suelo, quejándose del tobillo. No era para tanto, lo que pasa es que las espinilleras de entonces no eran del material sintético que se usa ahora y los porrazos eran más sonoros. Me acerqué a mi víctima y fui claro en un susurro: “Si vuelves a tocar el balón, la llevas”.

El banquillo catalán se asustó más de la cuenta. Ya te he dicho que no había para tanto. “¡Andrés! Ven hijo”, le gritaron mientras se preparaba un compañero para sustituirle. Fue la decisión más sabia que se haya tomado nunca. Me di cuenta algunos años después cuando celebré con euforia el gol que había marcado aquel chico inexpresivo en la final del Mundial ante Holanda.

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Nacho Azparren

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