Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

Mi padre tenía las piernas más hermosas del fútbol español. Que yo recuerde, sólo el sportinguista Joaquín Alonso podía hacerle sombra. Ambos eran altos, esbeltos y educados hasta el extremo de no saber si estaban en el césped de El Molinón, en el campo del Júpiter leonés Real Club (en el caso de mi padre) o en un salón parisino. Creo que, al margen de este valioso detalle en mi vida, mis evocaciones rojiblancas apenas tendrían trascendencia. Es cierto que el bigotudo Capitán despertaba la admiración y las simpatías de medio mundo, pero en mi caso sólo había ojos para el Oviedo y el Real Madrid, aunque nunca he tenido claro si por ese orden.

He vivido durante años alejada del planeta fútbol. A mi manera, he subsistido en una burbuja sin goles, sin remates a porterías, salvo en aquellos momentos en los que era inevitable escuchar la radio en el coche, cuando regresábamos de la playa precipitadamente y en un evidente estado de nervios colectivo. Cualquiera diría que el universo se encaminaba a su cataclismo final sólo porque empezaba un partido de fútbol. Y daba igual que los niños lo estuviéramos pasando de muerte o que fuera el primer día de sol en meses. Mi padre y mi tío Janano, brillante delantero del Oviedo a mediados de los años cincuenta, desmontaban el chiringuito y ¡hala! Todos a casa, a vivir la vida de color azul.

ceroseisEn una de las épocas más gloriosas del equipo asturiano, mi padre acudía al Carlos Tartiere con cierta regularidad y mi madre aprovechaba el rato mientras tanto para estudiar filosofía del planchado, ocupación estelar por aquel entonces de un porcentaje elevadísimo de señoras. Tomé conciencia tiempo después de haber conocido los años de Marianín, el Jabalí del Bierzo, al que mi padre tuvo el honor de imponer la medalla al Pichichi de la temporada en una ceremonia que rezumaba tipismo asturleonés, entre vinos y raciones de cecina y oricios, en la inolvidable cafetería Ordoño II que regentaba Emilio Pérez, otro inmenso personaje oviedista de mi infancia. La foto de aquel “instante Marianín” presidió, con todos los honores, un estante en la librería de nuestro salón, junto a la enciclopedia Larousse y los libros de poesía inglesa de mi abuelo. Pese a la falta de espacio, siempre había sitio para el Real Oviedo.

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También para el desconsuelo, sin perder las formas. Sólo había un pequeño inconveniente. Si el Oviedo caía masacrado, y no digamos el Madrid, al día siguiente no entraba un periódico deportivo en casa. Tampoco estaba permitido flagelarse con la repetición de las mejores jugadas en televisión. No se hablaba del tema. Y punto. Mi padre huía de todo lo que le remitiera a la derrota y a mí aquello me parecía como perder el primer premio de la Lotería Nacional un fin de semana sí y otro también. Una angustia inconcebible, pero sin llegar a hiperventilar.

El punto álgido de m i extraño vínculo con el Real Oviedo se localiza el día en que mi padre nos llevó por primera vez a toda la familia al Carlos Tartiere. Calculo que estaríamos a finales de los años setenta y recuerdo que subir desde la calle Asturias al campo del equipo carbayón se parecía mucho a una excursión de fin de semana con tartera y manta. El equipo visitante no era el Madrid sino la Cultural Leonesa: sangre de nuestra sangre, palabras mayores tratándose de mi padre, que en ese momento debía de tener un lío emocional gigantesco. ¿El Oviedo o la Cultural? ¿La tierra de acogida o la tierra madre? ¿La madurez o la juventud? ¿A quién se suponía que debíamos animar? Lo único irrefutable era que ambos equipos languidecían en Segunda. Y a mí, la verdad, me daba igual quién ganara. Yo miraba de reojo a todo el mundo, consciente de que sentados en el corazón del oviedismo, sería un suicidio ponerse a cantar el “Viva León”. Pero lo cantamos. Mejor dicho, lo canté. Me puse a gritar como una loca, como sólo saben desgañitarse las púberes inconscientes con ganas de bronca. Tamaño esfuerzo no sirvió de nada, porque horas después la Cultural subía el puerto de Pajares lamiéndose las heridas, y mi padre, lejos de enfadarse por el numerito de la niña, sonreía encantado con la experiencia. Al menos, había ganado uno de sus dos equipos.

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Guardo algún detalle más de mi estreno futbolístico en el Carlos Tartiere. Curiosas filtraciones emocionales que, después de tanto tiempo, permanecen inalterables, como el ronroneo de la afición convertido en descomunal lamento cuando el delantero se comía el pase, o aquel derroche de ambientación lumínica digno de un George Lucas preparado para recibir una nave de Marte en medio del campo.

Mi Tartiere ya no existe. En su lugar han levantado una ñocla gigante que no tardará en deslucir oxidada. Mi padre tampoco está. Se fue a buscar la gloria para devolvérsela al Oviedo con la ayuda de todos los que lo aman.

Marta Reyero

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