Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

Lo que yo no sabía era que esa tarde iba a cambiar mi vida. O al menos la mitad.

Nacho, papá y yo habíamos bajado a Santianes, donde llevábamos todo el día arreglando los problemas del mundo y de las vacas, que viene a ser lo mismo, al calor del pan moreno y las morcillas infinitas de los de Casa Rosa.

vacaasturiana3En Oviedo nos esperaban Luisín, Gerardo y Cuqui con seis entradas para el partido. Probes, como iban a saber que guardaban en la cartera la convulsión de nuestros restos, un pedazo de lo que somos ahora.

La tarde venía con el cielo fruncido, con más ganas de orbayu que nosotros. Pusimos el abrigo impermeable de octubre y nos fuimos de bares. Y algo empezó a pasar.

228eb736fabd84fb1698e1e7728a585dNo es que los cachorros no hicieran su trabajo en nuestra sangre preparada, que algo ayudaron, es que en cada local el fútbol se bebía mejor. Oí hablar de aquel gol de Carlos y al otro lado del grupo defender la defensa de Irureta. Había paisanos coloraos discutiendo cosas que aún no habían pasado, cosas azules, tierra de Tartiere.

Yo, que era un crío y venía del periodismo de Madrid donde se discutía de internacionales y millonadas, andaba ahora entre cerveza y pinchinos de calamares bebiendo una pasión de modestias gigantes pegadas a mi Asturias, al fútbol azul de mis veranos tan verdes.

A Cuqui le habían tentado para ser directivo, pero él era más listo. Luego se vío por qué: la historia le pasó rozando pero no le dio. Entramos con él en hemiciclos de fútbol, debates sin escaño pero con licor donde unos corrían con Motorín y otros respiraban por Gracan. Yo era más de Viñals, porque siempre he pensado que los suplentes son mejores que los titulares.

Había gente con bufandas listas y banderas en reposo, y niños disfrazados de mayores porque iban a hacerse personas. Iban al fútbol.

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Tiramos para el campo con una erección oviedismo de la que aún sigo colgado, si se me permite la expresión.

Vimos llegar a Gil, con quien yo ya había tenido un par de ametrallamientos sin demasiados cadáveres, y saludamos a Prieto, que me caía mejor y en la LFP tentaba con sexo de mentira a Ezcurra, el presidente de Osasuna, que era casi del Opus y siempre acababa santiguándose por aquellos tiburones.

Subimos a la tribuna y olimos un color. Yo me moriré sin definirlo, pero no lo olvidaré.

El Tartiere estaba lleno. Yo crucé miradas con muchos socios y vi algo. Algo pasó. Algo me pasó.

Empezó el partido y se encerró a llover. El Atleti de Clemente, con quien yo ya había tenido un par de tiroteos en los que habían resultado muertos sus modales, no podía con el Oviedín de Jabo. Y, siendo sinceros, ninguno podía con el fútbol, que se había quedado en los bares de fuera.

Pero dentro seguía pasando algo. Y, en eso, Bango metió el 1-0.

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Sentí venir una pasión desde la izquierda, que ya me tenía ganada la ideología pero que me invadió de fútbol hasta rodear el campo. Miré a mi hermano y a mi padre y les vi en los ojos el azul que no le dieron los genes y que hoy les sigue preguntando el espejo.

Para entonces, Gorriarán ya había probado la paciencia de Futre, que aquel día se volvió alérgico a la Central Lechera Asturiana y aún mira de reojo en los parkings subterráneos. Por si Gorriarán.

El descanso me cansó. Yo quería fútbol, más goles, más abrazos al Norte, más ojos con los míos.

Carlos obedeció a su biología y Sarriugarte abultó el tanteo. Y entonces, al tercer gol, resucité.

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Para este libro me pidieron un partido, un día. Todos los demás, las victorias en Madrid, la promoción con las Palmas, el derbi del 97 en El Molinón que ganamos 0-2 aunque ponga empate a cero, cada ocurrencia de Petr, el toque inmenso de Lillo, la remontada al Barça con la mejor pifia de Moller, la UEFA que no podrán robarnos, el último gol de Dubovsky un mes antes de su muerte, la manita al Athletic el día que ETA asesinó en Zaragoza a un padre que iba al fútbol con su hijo, la noche en que se acabó el mundo en Mallorca, un 4-0 al Covadonga con mi hija y Susana estrenando el Tartiere y sus pómulos pintados, todos los chicos del barro, la noche erizada del Ávila, los penaltis rampantes de Aulestia, las clases de Michu, una hierba azul contra el Pontevedra, la inconstancia bendita de Manu, el partido de la salvación y todos los domingos pendientes de ti…

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Todo eso, decía, bajó de Santianes aquella tarde en que yo asomé las entrañas a la vida y me hice del Real Oviedo.

Rafael J. Álvarez

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