Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

Cuarentón con el fútbol perdido en el antiguo Carlos Tartiere busca alma gemela. Suena a anuncio por palabras, pero sólo es la conclusión nacida al tratar de recordar el mejor primer tiempo de un partido de fútbol que he vivido: cuatro a cero en el descanso frente al glorioso Atlético de Madrid que venía de conquistar el doblete. Prefiero tirar de memoria que acudir a la hemeroteca. Cerrar los ojos e imaginar el golazo de Oli, de volea con la izquierda a la media vuelta, que perderme en Internet en vídeos con colores de otro siglo para

recomponer esa tarde noche de un sábado de abril de 1997. Ese baño de fútbol a los Pantic, Simeone, Kiko y Caminero, que marcaron una época en el Atlético, queda como retrato de lo que fue y de lo que pudo haver sido el Real Oviedo con Juanma Lillo en el banquillo.

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Pero no fueron buenos tiempos para el entrenador más joven en la historia de Primera – había debutado con 29 años el año anterior en el Salamanca -, un rojo que venía a entrenar al Oviedo, un tipo que vestía chándal en el banquillo, que dijo no a los perritos de Gabino y que prefería vivir en la Fresneda que en Gil de Jaz. Por mucho que frente al Atlético de Antic volviese a dar una lección de fútbol con 20 o 25 toques ininterrumpidos en campo rival, juego al primer toque con endiablada velocidad en la circulación de la pelota y férrea presión en la salida de balón del adversario, pesó más el acoso del periódico más leído de Oviedo contra quien consideraba un “Valdanito” de verbo cursi, que negaba las bolsas escrotales como argumento futbolístico y había armado un equipo de mucho toque y poco gol, pero con el que se jugaba como nunca y se perdía como siempre.

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Década y media después, solo cabe imaginarse cómo sería el hoy incierto presente del club azul si hubiese aceptado el contrato de renovación por cinco años que Eugenio Prieto le puso encima de la mesa unos meses antes de destituirle o si una maldita lesión en el Camp Nou no hubiese impedido a Dubovsky formar con Borrelli una pareja de genios ideada y luego añorada por el propio Lillo. La única realidad tangible es la nevera del vestuario rota de una patada por el capitán Berto cuando se anunció el cese del entrenador tolosarra, las palabras del hoy seleccionador portugués Paulo Bento, que le aúpan como  el técnico del que más ha aprendido en su carrera, o el empeño de Pep Guardiola por ficharle como entrenador de su idea de fútbol para el Barcelona. Porque sobre muchos de esos conceptos exhibidos por el Oviedo de Lillo, ideólogo de ese juego de posición, evolucionó el mejor Barça de la historia.

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Cromo de Lillo en su etapa oviedista

Ahora, consuela saber que no soy el último ni el único “lillista” de aquel Tartiere construido sobre las entrañas del genuino. Me consuela pensar que gente que mantiene tan vivo el espíritu del oviedismo como el periodista inglés Sid Lowe fraguó su amor por este club en las buenas tardes de balompié que, en sus tiempos de Erasmus, le dio el equipo de Lillo. Pero lo que más me ilusiona es que en estos aires de ruptura con el tenebroso pasado inmediato y la irrupción mundial de la romántica idea de recuperar el Real Oviedo para sus aficionados cuadra lo que en su día propuso Lillo. Ojalá regrese a Oviedo el fútbol por el fútbol.

Faustino Álvarez

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