Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

No sé si los sentimientos, irracionales por naturaleza y siempre incontrolables, se pueden llegar a entender o simplemente se sienten y punto. No lo sé. Pero yo gracias a aquel viernes lo comprendí todo. Entonces ni siquiera me di cuenta, sencillamente lo procesé sin más con toda la ingenuidad y la inocencia de un niño de trece años que soñaba con ser futbolista y, si no, piloto. En aquella época de EGB y ESO ni tenía capacidad ni la necesidad de preguntarme por qué el Real Oviedo. Las razones aparecían obvias, a saber: el equipo era uno de los clubes con más solera de Primera División y cada dos domingos tenías cita en el Tartiere con la élite del fútbol español. Pero es que además, en casa, mamá no te daba de cenar hasta que saliera el resumen del Oviedo en Estudio-Estadio; tío Jaime y tío Pedrote contaban peripecias de su pasado como futbolistas del Real Oviedo y flipabas escuchando la historia de su enfrentamiento contra Cruyff; el abuelo, hoy socio número cuatro, presumía de insignia de oro en la solapa de su chaqueta, y el tío Felinos, que en paz descanse, recordaba lo mucho que había cambiado el club de cuando le tocó presidirlo. Para mí, pues, fue fácil adherirme al oviedismo.

Con el paso de los años, sin embargo, me empezaron a interesar más los porqués que los qués. Y comencé a notar la necesidad de explicarme, especialmente cuando el Oviedo se fue a Segunda, y después a Tercera, algo inimaginable para aquel crédulo y suertudo chaval, que se pensaba que la realidad que le había tocado vivir, la del Oviedo en Primera, la de los viajes a San Mamés, a Zorrilla, a Riazor, al Bernabéu, a Vallecas, a El Sardinero, al Helmántico…era para siempre. Pues no, desgraciadamente no, el Oviedo se precipitó por el desagüe del fútbol moderno y salió angustiosamente del enfoque profesional. La debilidad coincidió con la mayoría de edad y fue en ese momento cuando sentí la obligación de encontrar argumentos, de explicarles a todos aquellos universitarios del colegio mayor por qué no tocaba abandonar al Oviedo en Tercera, por qué los campos embarrados tenían encanto, por qué aquella locura nocturna hasta llegar a Arteixo o por qué me volvía tan pesado hablando de un tal Cervero en vez de hacerlo de Raúl. De explicarles, al fin y al cabo, el origen de esa cosa irracional e incontrolable, de ese sentimiento.

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Y escarbando en mi memoria me di cuenta de que, entre todos mis recuerdos, había un partido especial, una serie de flashes que se repetían de forma espontánea y reclamaban atención preferencial. Imágenes que marcaban el principio de todo, siempre las mismas: un estadio rugiendo como nunca, esa cantidad de gente asomada a las ventanas de las torretas de Buenavista, mi cara embadurnado en azul y blanco, Iván Ania esprintando desbocado, el Turu Flores con los brazos en jarra y la mirada perdida, aquel Dubovsky genial, el cabezazo de Dely Valdés, el gesto asustado de ese niño agarrado a la valla verde, ese olor a Reflex, el bote al unísono de una grada huracanadamente abarrotada… Aquel Real Oviedo-Las Palmas de promoción de 1998 me hizo tilín, fue como un clic, un despertador, mi primer pasaporte al oviedismo.

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No recuerdo un campo de fútbol con tantas ganas de gritar y tan atiborrado de oviedistas, de esas veces que fumas por los de al lado, que tienes tu metro cuadrado y no encuentras ni un milímetro para pasar las pipas. La noche se descubrió apacible: era primavera avanzada pero no hacía calor. Presencié todo aquel mural desde el fondo, a la altura del larguero, debajo del espacio de pared reservado para la peña Albéniz en esas inscripciones tan míticas del antiguo y majestuoso Tartiere. Debió ser más o menos cerca de los extintos Chiribís, en la portería de los dos primeros goles del Oviedo. Más que un mal resultado, mi primer temor fue sufrir una avalancha. Ciertamente, tenía una obsesión con eso: me habían advertido de que aquella grada reaccionaba a cada gol azul precipitándose sobre la valla y yo estaba en clara disposición de ser engullido. Pero allí aguanté, entre otras cosas porque lucía tan atestado el estadio que nadie me podía garantizar una ubicación mejor. Ni mi madre, en el palco seis, ni mi padre en la cabina de prensa, supieron nunca que estaba ahí con esa bufanda de tela fina atada sobre mu muñeca, un claro síntoma de hincha primerizo.

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Saltó el Oviedo y no vi nada, solo escuché, porque me quedé oculto tras una bandera gigante que se desplegó sobre mi cabeza. Oí una explosión de júbilo deliciosa, un rugido excitante que se repitió con los tempraneros goles de Ania, el tercero de Dely Valdés y la expulsión de Paqui. Fue la primera vez que noté un estadio temblar literalmente de alegría. La magnitud de aquel partido, por la intensidad de cada jugada, de cada cántico, de cada acción, me impactó. Ese día sentí por primera vez la fuerza del oviedismo.

Salí del campo feliz, alucinando con un ambiente sobrecogedor. De camino al Grano de Oro observé entusiasmo en cada oviedista, y en esa cena con mis padres y demás amigos periodistas se habló única y exclusivamente de lo sucedido aquella noche en el Tartiere y de lo que estaba por venir tres días después en el Estadio Insular, dos campos, por cierto, derruidos con posterioridad. Del partido de vuelta que vi por televisión recuerdo, antes del estallido final, poco más que manos sudorosas, angustia y sufrimiento. Porque para descubrir un sentimiento hace falta sufrir.

Miguel L. Serrano

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