Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”. 

Que tu equipo del alma llegue a competir en Europa no puede entenderse de ninguna otra forma como una gran alegría, salvo cuando eres del Oviedo. Cuando Alfredo Santaelena marcó el gol que le daba al Atlético de Madrid el título de campeón de Copa, en 1991, mi querido equipo certificaba su entrada en la Copa de la UEFA. El caprichoso destino había querido que el Mallorca también estuviese implicado en una fecha histórica para los azules – el recordado ascenso a Primera del 87, el descenso en 2001, el nuevo ascenso a Segunda B en 2009 – pero esta vez sería la puerta de otro episodio cruel. La alegría del gol de Bango en el San Mateo más italiano de la historia no sirvió para enjugar todas las lágrimas posteriores. Con el paso del tiempo he llegado a pensar que hubiese sido mejor no haber jugado aquella eliminatoria contra el Genova. Ya lo sé, es una cobardía, pero esa idea rondó mi cabeza en muchas ocasiones, aunque siempre termino por descartarla.

Aún recuerdo la entrada en mi casa, tras haber visto el partido con unos amigos. Las luces estaban apagadas. El silencio era el gran protagonista. En la cocina, sentado en su silla de siempre, mi padre miraba a mi madre con un gesto difícil de explicar. Mi hermano acompañaba el silencio desde el salón y yo me dirigí a mi habitación. No había nada que decir. Todos preferimos lamentar en silencio, pero fue un día muy triste.

El cabezazo de Skuhravý aún me despierta algunas noches; del mismo modo que escuchar el nombre de Aron Schmidhuber hace que un escalofrío recorra mis recuerdos futbolísticos. El árbitro alemán se ganó a pulso ocupar uno de los puestos de honor en el ranking de personajes más odiados dentro del oviedismo; para su suerte los últimos tiempos le han hecho bajar en el escalafón gracias a las pléyade de indeseables que han desfilado por las entrañas de la entidad y a los que prefiero no nombrar pero que pueden estar en la mente de todos los que sienten lo mismo que yo.

Cuando te haces de un equipo como el Oviedo, debes asumir que este tipo de episodios pueden pasar, lo que no entraba en mis planes es no poder ni disfrutar de las alegrías, que, por otra parte, son muy pocas.

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Los recuerdos de aquella eliminatoria europea siguen muy frescos en mi cabeza porque coincidieron con un capítulo importante de mi vida. El batacazo italiano tenía la propina de hacer las maletas para desplazarme a Salamanca. Allí me esperaba la universidad Pontificia y la carrera de Periodismo. Aunque muchos puedan reírse ahora, me fui de casa entre lágrimas. Tenía claro que mi futuro debía estar ligado a la información deportiva y para ello era necesario el paso por las aulas. El problema es que seis años después regresé sin los deberes bien hechos, pero eso podría dar materia para escribir otro libro…

Ver a mi madre llorar tampoco me ayudó mucho y la llegada a la capital del “arte, saber y toros”, con la noche bien cerrada, aún menos. El viaje – curiosamente con la hermana y los padres de Juan Fidalgo, entrenador esta temporada del equipo juvenil de División de Honor – fue un calvario. Cada kilómetro me caía encima como una losa. Ni tan siquiera el soniquete de la radio con los goles del domingo me animaba a nada.

Llegué a mi pensión, en la calle Fray Luis de Granada, y busqué mi acomodo en la habitación que debía convertirse en mi nuevo hogar. De repente, sonido de gol en el Camp Nou. Jordi Vinyals adelantaba al Oviedo ante el Barcelona. Quedaba un mundo y yo no estaba para muchas ilusiones. Mientras sacaba mi ropa de las maletas. Carlos marcó el 0-2. No quise escuchar nada más. Estaba demasiado acostumbrado a las decepciones y ese día ya había cubierto el cupo de penas. Aunque parezca increíble, me olvidé del partido.

Un buen rato después, bajé a la cabina telefónica que había junto a la pensión. Era el momento de llamar a casa y confirmar que todo estaba en orden. Escuchar la voz de mi madre al otro lado del teléfono aumentó mi sensación de angustia. Ella no debía estar mucho mejor. Su pena por lo del partido en Italia había quedado muy atrás. Su verdadero problema es que tenía a su hijo lejos y era la primera vez que me iba para mucho tiempo. Mi padre tuvo que tomar las riendas de la conversación. “Anímate hombre, que ganó el Oviedo”, esas fueron sus primeras palabras. Entonces no les di importancia. Con el paso del tiempo entendí que el Oviedo iba a estar unido a mis alegrías y mis penas como pocas cosas y, por desgracia, las últimas abundan más que las primeras.

La alegría del primer triunfo en color del Oviedo en el campo del Barça, se me diluyó con las lágrimas que años después derramé por abandonar una ciudad que forma parte de mi vida para siempre y dónde sé que tengo un hogar. Mi llegada, el 6 de octubre de 1991, también tiene su hueco en las páginas más felices de la historia del oviedismo. Durante los siguientes años paladeé con más placer las satisfacciones que me fueron llegando y que en la distancia saben mejor: los triunfos en los derbis contra el Sporting, las victorias en el Santiago Bernábeu, la llegada de Jokanovic, la de Prosinecki, el triunfo en el Helmántico en primera con Brizc en el banquillo…

De todos modos, sigo soñando con esa auténtica alegría, la que llegará el día en que vuelva a ver al Oviedo saltar a un terreno de juego en Primera División. No discuto que celebrar ascensos de Tercera a Segunda B sea lícito, pero quizás somos demasiado dados a exagerar las cosas en los últimos años. Ojalá que la fiesta de esta temporada sirva de ensayo general para el futuro. Querrá decir que la supervivencia está más próxima y el sueño de poder celebrar triunfos en grandes escenarios está un peldaño más cerca. Aunque no esté envuelto en aquel llanto salmantino seguro que el sollozo volverá a ser mi fiel compañero de viaje. Mientras llegan esas ansiadas fechas, como siempre me dice mi cuñada Esther, la más oviedista y más sabiniana que conozco, cuando llega un partido importante: “Otra tarde de lágrimas de plástico azul rodando por la escalera…”.

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P.D.: Aunque nadie sabe lo que deparará el futuro del Real Oviedo, lo vivido en la última ampliación de capital y el mensaje #SOSRealOviedo compensa cualquier sinsabor de todos estos años. El orgullo de ser oviedista irá en aumento y además se expande por todo el mundo. Volveremos a llorar, seguro pero ahora más que nunca creo que: ¡¡VOLVEREMOS!!

 Chisco García

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