Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”. 

Decía el artista Pablo Picasso que “la inspiración existe, pero tiene que encontrarse trabajando”. A Esteban esa iluminación le llegó comiendo una mandarina. La desgajaba cuando su compañero Manel le avisó de que había llegado su hora. En la vida uno nunca sabe el momento exacto en el que se hace adulto. En el fútbol, ese instante es meridiano. “Fue algo atípico, la verdad”, recuerda Esteban después de 16 años. “Yo cubría la baja de Buljubasich y, como iba a estar en el banquillo y no jugar, después lo tenía que hacer con el filial a las siete”. Aquella mandarina permanecía en sus manos para ir cogiendo fuerzas para defender la portería del Vetusta. “Quitaba las cáscaras en ese momento, mirando hacia abajo, cuando Manel me dijo que el árbitro había pitado penalti y expulsado a Mora”. En ese instante, la vida de Esteban dio un vuelco.Corría el minuto 69 de aquel nefasto Real Oviedo-Real Sociedad con un 0-3 amargando el marcador. El partido, de olvido perpetuo para cualquier aficionado azul, se convirtió de repente en recuerdo inmortal para un Esteban que debutaba en el equipo del que era fiel aficionado. “En aquel momento no pensé en mucho, no te da tiempo. Recuerdo que le pregunté a Tabárez por dónde solía tirar los penaltis De Pedro. Me dijo que a la derecha. Y tiró a la izquierda”. No sería el único gol encajado en aquella aciaga pero histórica tarde en el Tartiere. Apenas veinte minutos de gloria que bien se estiraron en Oviedo durante cinco temporadas. Pocos podían presuponer que aquel chaval de 22 años apenas soltaría aquella portería. En el siguiente lustro, de 188 partidos ligueros más, sólo dejó de resguardar el portal azul en siete ocasiones.

thLa llegada de Esteban dejó caduco el debate entre Mora y Buljubasich. Si el debut contra la Real Sociedad “pasó volando” al nuevo mandamás de aquella portería, la semana siguiente le pareció que nunca se iba a terminar. Visitaba el Real Oviedo un estadio de postín, Mestalla. El Valencia esperaba afilado con Romario, Piojo López y Burrito Ortega en el ataque. Casi nada para un tierno portero que apenas había quitado la piel en su debut. “Aquello sí fue mi estreno real”, afirma el avilesino. “Algo había cambiado. La semana fue tremenda, pensando en si iba a jugar o no, con entrevistas a los medios… Y cuando Tabárez me dijo que me pondría de titular, no pensé en otra cosa que disfrutar cada momento”. Y lo hizo largo y tendido aquella temporada del destape de Esteban.

Crecían los minutos para el guardameta como aumentaban su valía y responsabilidad bajo el larguero del Tartiere. Los procesos de maduración en el fútbol en ocasiones suelen viajar demasiado rápidos en el tiempo. Y el caso de Esteban discurrió por ese cauce. Con apenas 200 minutos en Primera, le llegaba uno de esos duelos que nunca se olvidan: bien porque las espinas que deja en el corazón pellizcan durante toda la vida; bien porque la satisfacción perdura más allá de traspiés futuros. Era el derbi contra el Sporting. El primero de no muchos. El encuentro que todo asturiano quisiera disputar. Algo distinto al resto de los domingos. “Recuerdo mucho aquel partido”, repasa Esteban. “Al principio , en la salida del hotel de concentración, la gente reía, había música, entre los compañeros hablábamos… Pero cuando ya llegábamos a Gijón, las risas se dejaron de escuchar”. El silencio sorprende en ocasiones más que el mismísimo ruido. “Me fijaba en la gente más veterana como Gamboa, Bento, Onopko… El autobús estaba en silencio total”. Y, como no diría el dicho, tras la calma llegó la tempestad. “En cada jugada se gritaba de todo. Daba igual que fuera una acción en el centro del campo o en defensa. Se gritaba por todo”. Los goles de Juanchi González y Dely Valdés dejaron en nada el tanto inicial de Bango y pusieron “aquel quesito de esquina” – como lo vio entonces Esteban – donde se agolpaban los aficionados azules patas arriba. “Fue un subidón por ellos y por nosotros”.

1Aquel derbi se guarda perenne en la memoria de Esteban. Como el penalti que detuvo a Hasselbaink (Atlético de Madrid), que dejaba al Oviedo con más de pie y medio en Primera (2000) y mandaba a los colchoneros a los calores del infierno. O aquella tarde donde los azules endosaron un 3-0 al Barcelona de Rivaldo, Figo, Guardiola y compañía (temporada 1999/2000). O aquellos otros partidos que siempre pasarán a la historia del Oviedo: el último en el Tartiere ‘viejo’ contra la Real (0-1) y el primero en el nuevo estadio contra las Palmas (2-2). “Entonces no te das cuenta de la trascendencia. Fueron muchos cambios en poco tiempo. Pero con los años, ves que viste acontecimientos históricos desde dentro”, relata el guardameta.

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Esteban siempre soñó con llegar a esa portería azul y poder vivir esos momentos. Desde bien pequeño, cuando volaba por las porterías asturianas y a pesar de las reticencias que despertaba en algún entrenador por culpa de sus centímetros. “Si hay un córner, ¿qué vas a hacer?”, le preguntó a los 13 años un seleccionador. Y con la inocencia de todo niño respondió: “Lo de siempre, cogerla”. Como si aquello fuera lo más normal del mundo para un portero de su edad. Nueve años después de aquella respuesta comenzó una carrera con muchos centímetros recorridos. “Puedes cambiar de todo, menos de equipo de fútbol. Y yo soy del Oviedo. A mí el Oviedo me lo ha dado todo, la posibilidad de mostrarme y de vivir de lo que me gusta”. Ciento ochenta y tres partidos (180 de Liga, 2 de promoción y uno de Copa) le contemplan en el libro azul del Real Oviedo… Y todo comenzó con una mandarina en sus manos.

Miguel Lartategui

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