Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

Mis dedos aferrados a aquella valla verde del viejo Tartiere. Hiciese frío o calor. Daba igual. Aquel era mi sitio. Mi lugar favorito del mundo. Desde los huecos de aquella verja surgió mi primer ídolo. Aquel que me mostró que los goles podían nacer alejándose de la portería, el que me pegaba contra aquellos inolvidables y finos barrotes verdes cada vez que iniciaba un desmarque desde la cal. El goleador que consiguió hacer que mi padre no tuviera la solución a cada una de mis innumerables preguntas, creo que la vocación periodística se estaba incubando, y guardase silencio, torciese el gesto y ladease la cabeza. ¿Por qué no siguió yendo a la selección después de marcar seis goles en seis partidos? “¿Por qué, papá? ¿Por qué?” Era Carlos Muñoz. El mismo que me obligó desde entonces a desear llevar un diez a la espalda cada vez que jugaba al fútbol. Incluso a pesar de que un diez tan inabarcable como impronunciable su nombre, me hiciese manchar de lágrimas como nunca antes, y jamás después, mi camiseta azul. Aquel es el primer recuerdo claro y consciente que me viene de ese sentimiento que empezó a palpitar mientras mejoraba mi lectura con pósteres y repitiendo nombres de aquellos que tan feliz habían hecho a mi ciudad una noche de junio del 88, “Zu-bel-dia”, “Sa-ñu-do”, “Ber-to”…

ROCF 19880604 101 Mallorca.jpgA través de aquella rendija de la valla verde y vetusta del viejo Tartiere se me agolpan vivos los recuerdos de aquel Oviedo que escribía su propia historia a la vez que alimentaba el espíritu azul de una generación que pensaba que aquello sería para toda la vida. Años de domingos en Buenavista. De domingos ante el televisor con mi hermano Martín para ver los goles del Oviedo en Estudio Estadio driblando, con el diez ya a la espalda, las órdenes cada vez más serias de mi madre para que nos fuésemos a la cama. El zapatazo de Tomás desde casi el centro del campo al Atleti en aquella noche de lluvia y goles. O el que marcó el rojiblanco Alfredo Santaelena en la final de copa del 91 y que grité casi tanto como el que Bango le hizo al Génova meses después. E ir al Camp Nou y ganar al Dream Team. Los derbis contra el Sporting. Siempre calientes. Con mi padre pidiéndome que no me alejara de su vera. Las fotos de después de los partidos con Jerkan o Rivas primero. Oli y Armando después. Jokanovic, Prosinecki, Pompei, Onopko, Dubovsky…

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Pero aquella rendija de la valla verde y vetusta del viejo Tartiere por la que desfilaron ante mí los mejores años del Oviedo acabó por ser derruida con el paso del tiempo. Y con ella, a modo de ruptura, la época dorada de aquel equipo. Pegado ya al cristal sufrí aquel agónico penalti que detuvo Esteban, hizo llorar al Atleti y dio un año más de Primera al Oviedo. Sólo uno. Desde el segundo anfiteatro de un campo ya nuevo, moderno y con aires británicos, presencié el inicio de aquel descenso que soñábamos breve a los infiernos. Pero el fuego se avivó con aquel otro partido en el Tartiere, de nuevo el Atleti de por medio, que se perdió de forma injusta con un ‘Mono’ Burgos que se ganó entonces su derecho a salir de la alcantarilla de Gran Vía. Aquello, así lo pienso, supuso el principio de un abismo que endureció un sentimiento por campos de Tercera y Segunda B.

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Un sentimiento cargado de aliento y carente de recompensas que ha propagado el oviedismo por lugares con menos tradición futbolística. Es toda una experiencia observar como ciudades como Cáceres o Toledo quedan embriagadas ante el colorido azul que adquieren rincones habitualmente despoblados de sus añejos y descuidados estadios. Jamás olvidaré el comentario que soltaron un grupo de jóvenes debidamente uniformados con la camiseta de un equipo de Madrid plagado de estrellas cuando se asomaron al local en el que un grupo de aficionados, a cuatrocientos kilómetros de nuestras casas, animábamos como si la vida nos fuese en ello a nuestro equipo. Cuando vieron que el encuentro despertaba tanta pasión entre tanta gente era un Pontevedra-Oviedo, no pudieron soltar más que un “estáis locos”. Probablemente, no les faltase ni una pizca de razón.

Jesús Hernández

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