“¿Como voy a cicatrizar si no siento el paso del tiempo?”

                                                                                   Memento.

Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”. 

Pensándolo fríamente, la tarea no parecía complicada. Solo tenía que hacer una de esas acciones mecánicas que tantas veces había repetido. Colocar el cuerpo, golpear con el interior y empujar a la red. Eso era todo. Dura labor la de delantero, solo reconocida en el orgasmo del gol. El resto de trabajo no importaba si no terminaba con el balón en la portería. Pero aquella jugada en cuestión no revestía mayor dificultad, pensó Borja Rubiato. Se equivocaba.La carrera de Nano parecía imparable. El extremo cruzó el Rodríguez López a un ritmo endiablado. Todos los que le salieron a su paso fueron vencidos: defensas agresivos, trampas rivales, forajidos y asaltantes. El andaluz sirvió el balón al corazón del área. Allí esperaba Rubiato, absorto, encandilado por el despliegue de su compañero.

Era abril de 2012, en plena “era del barro” oviedista y el Tenerife ganaba 1-0 dilapidando las opciones oviedistas de ascenso a Segunda. Solo Rubiato podía evitarlo.

Fue entonces cuando Borja notó algo extraño. El balón tenía un rodar diferente. Algo que apenas se detectaba a simple vista, algo que le hacía pesar más de normal. Como si el material sintético con el que se fabrican ahora los balones hubiera sido sustituido por un metal pesado. Lo percibió enseguida. Aquel pase no era una más; era la última oportunidad de que el proyecto de Pacheta llegara a buen puerto. Todo lo que no fuera sumar significaría quedarse fuera de los play-off de ascenso. Un fracaso mayúsculo. El final de Pacheta en el banquillo.

“Solo es un gol más. Nada más”, meditó Rubiato antes de ponerse manos a la obra.

En ese momento se acordó de José Manuel Martínez. También la planificación deportiva quedaría en entredicho si no acertaba. José Manuel había configurado su tercera plantilla en Segunda B y, al igual que las anteriores, también lo había hecho por encima de las posibilidades reales del presupuesto. Sus superiores le habían permitido los excesos bajo la eterna promesa de llegar a Segunda de forma inmediata.

Si Rubiato no acertaba con la meta del Tenerife, aunque pareciera imposible, podría decir adiós al director deportivo. ¿El futuro de Pacheta y José Manuel en esa acción? Demasiada responsabilidad, musitó Rubiato. Un escalofrío recorrió el cuerpo del delantero. Todo lo que tenía que hacer era empujar el balón. Solo eso. No parecía un asunto difícil. Pero seguía dándole vueltas a la cabeza.

“Céntrate Borja…”.

También pesaba la fracción del oviedismo con su junta directiva. Nadie podía obviar eso. Alberto González, el peor presidente que ha tenido el Oviedo en toda su historia, hacía cuatro meses que había desaparecido del mapa. Condenado a dos años de prisión por fraude fiscal, González había huido, buscando el anonimato en diferentes países de Iberoamérica. La interpol ordenaría algunos meses después su ingreso inmediato en prisión a través de una orden de busca y captura. Un colofón de novela policiaca para el capítulo más triste en la dignificada historia azul.

pacheta

González se había rodeado de un séquito de película. Sus compañeros de viaje eran personajes a mitad de camino entre figuras tétricas de Tim Burton y simpáticos individuos a la altura de los interpretados por Pajares y Esteso. Una especie de equipo “A” de las chapuzas. Los Cano, Bances, Bastida, Calleja y demás actores de reparto pasarían por personajes cómicos si no fuera porque sus actuaciones iban encaminadas a la desaparición del Real Oviedo. Entre todos, la mente “brillante” del vicepresidente Martín Vaca ocupaba un puesto de honor en el intento de machacar al club azul.

Todos ellos aguantaban la respiración ante el devenir de la jugada. Si Rubiato fallaba aquel gol tan claro, el clamor popular sería insoportable, la situación económica irrecuperable y el futuro de aquel consejo poco menos que imposible.

La espera se hacía eterna. Rubiato tuvo incluso tiempo de descartar enemigos inesperados. El césped, rasurado como un green de golf, facilitaba un remate que ya de por sí resultaba sencillo. Estaba lo de la angustia que se percibía desde la grada, pero ahí poco podía hacer el delantero. Por un momento alguna mente oviedista pareció desear el fallo. Fue sólo un segundo, un relámpago, una de esas ideas que se desechan de manera casi inmediata pero que permiten plantear una mínima duda. ¿Y si el Oviedo perdía sus opciones de ascenso, pero a cambio se libraba de los males que consumían a su equipo? ¿No sería entonces una buena jugada? Imposible, es una idea absurda. Nadie puede desear la derrota de su equipo traiga los beneficios que traiga. Pensamiento descartado.

Pero Rubiato pareció influido por aquel dilema. La afición había sufrido demasiado en los últimos años. La presidencia de Alberto González solo era la última batalla tras la declaración de guerra pronunciada en el verano de 2003. Gabino de Lorenzo, exalcalde de la ciudad, había acogido con decisión el papel de verdugo. Centrar los esfuerzos en crear un equipo artificial que sustituyera al Real Oviedo había logrado resucitar al muerto. Con más fuerza aún. El alcalde logró con su movimiento despertar a una afición adormilada que desde ese momento sería capaz de levantarse tras cada golpe.

El Gobierno Regional se había sumado con entusiasmo al ahogamiento. Álvarez Areces se escudó en las malas relaciones con el consejo para negar una ayuda que sí recibían otros clubes del Principado. El ahogamiento era total, pero la masa social había reanimado al náufrago, lo había aupado a la balsa y buscaba con desesperación tierra firme. Aunque hubiera fiado la embarcación a capitanes kamikazes. El fútbol se convertía en negocio, la crisis amenazaba, el Oviedo se mantenía. Pendiendo de un hilo.

Rubiato respiró hondo.

Borja-Rubiato

Aquellos 2 segundos eran los más largos de su vida. Dudó, valoró las opciones y se decidió a empujar con la zurda. El balón, vacilante como el futuro del Oviedo, rodó lento, apenas acariciado por la bota a escasos centímetros del poste izquierdo. Fuera. Adiós un año más al ascenso. Adiós a la propuesta de Pacheta y José Manuel. Adiós al reinado del terror de Alberto González y su ejército. Adiós al despilfarro, los escándalos extradeportivos, la ruptura social, los bombillazos, el maltrato al socio y el enfrentamiento con las entidades públicas.

La afición se levantó, se sacudió las raspaduras y se dispuso a luchar. De nuevo. Aún había sitio para nuevas decepciones. Sin saberlo, Rubiato había dado paso a la nueva etapa del Oviedo, aquella que devolvería al club al lugar que merece. Ahora que las cosas van bien, si uno se fija aún se pueden ver las marcas de barro en las botas de los futbolistas. Lo bueno de las cicatrices es que un solo vistazo permiten recordar por lo que has pasado.

 Nacho Azparren – Periodista –

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