Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.
No sé si los sentimientos, irracionales por naturaleza y siempre incontrolables, se pueden llegar a entender o simplemente se sienten y punto. No lo sé. Pero yo gracias a aquel viernes lo comprendí todo. Entonces ni siquiera me di cuenta, sencillamente lo procesé sin más con toda la ingenuidad y la inocencia de un niño de trece años que soñaba con ser futbolista y, si no, piloto. En aquella época de EGB y ESO ni tenía capacidad ni la necesidad de preguntarme por qué el Real Oviedo. Las razones aparecían obvias, a saber: el equipo era uno de los clubes con más solera de Primera División y cada dos domingos tenías cita en el Tartiere con la élite del fútbol español. Pero es que además, en casa, mamá no te daba de cenar hasta que saliera el resumen del Oviedo en Estudio-Estadio; tío Jaime y tío Pedrote contaban peripecias de su pasado como futbolistas del Real Oviedo y flipabas escuchando la historia de su enfrentamiento contra Cruyff; el abuelo, hoy socio número cuatro, presumía de insignia de oro en la solapa de su chaqueta, y el tío Felinos, que en paz descanse, recordaba lo mucho que había cambiado el club de cuando le tocó presidirlo. Para mí, pues, fue fácil adherirme al oviedismo.
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Cuando era pequeño, muy pequeño, mi padre me educó en el seguimiento por igual del Real Oviedo y del Real Sporting. “Los dos son asturianos, hijo”. Cada domingo esperábamos juntos en el sofá el resumen de tres minutos del Sporting en el Estudio Estadio y si la naturaleza o la fame llamaban, uno siempre se quedaba de guardia ante la tele, no fuera a ser que colaran de repente la secuencia relámpago de los quince, veinte, pocas veces treinta goles de la jornada en Segunda.
Por su aspecto. Porque me favorecía a la hora de vacilar a mi padre. «¿Juegas hoy?», le bromeábamos mi hermano y yo cada vez que enfilábamos el viejo Tartiere. Qué rutinaria chanza nos ofrecía aquella galopante alopecia, más rápida e incisiva que cualquier delantero de la Liga, y que, macabro destino, me toca ahora sufrir a mí. Ése es uno de los motivos. Sin duda que lo es. Otro está relacionado con el deseo que siempre albergué de rendir su merecido homenaje a la cartera que le robaron al que fuera presidente del equipo, Eugenio Prieto, mientras hacía cola en las taquillas del Calderón para adquirir su entrada junto a la afición azul. Gesto inequívoco de la ruptura de relaciones con el Atlético de Madrid por su intromisión en el fichaje. Cuarenta y una billeteras más desaparecieron aquella aciaga tarde en la que encajamos tres goles. Aparecieron gran parte de ellas. Vacías, eso sí. Otro motivo, el principal, tiene que ver con el impacto que me causó su elegante forma de jugar y la seguridad que transmitía, sobre todo cuando se enfrentaba a un Sporting con el que nunca perdió en Primera. Porqués que me han empujado a escribir sobre él, Viktor Onopko (Luhansk, Ucrania, URSS, 14 de octubre de 1969).