Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.
La escena de incertidumbre ante el folio en blanco: cómo empezar a escribir una historia, una crónica o una redacción para el cole. Probablemente aquella tarde yo tuve que escribir una porque recuerdo que estaba terminando los deberes para el lunes con la radio de fondo que iba y venía. Es la costumbre de mi madre cuando nuestro equipo se la juega en algún partido: bajar el volumen en el momento más emocionante y esperar a la reacción de los vecinos. Entonces, sea buen o mal desenlace, vuelve a subirlo. No hubo goles en aquel partido en el Lluis Sitjar de Mallorca, que mi padre veía con su cuadrilla en un bar cercano. Al silbato que anunciaba el final siguieron miles de gritos, bocinas y abrazos en la calle que pudimos ver desde la terraza. Mi madre, emocionada por lo que hubiera disfrutado mi abuelo con el ascenso del Oviedo, se lamentó de no tener una bandera. Corrí a mi habitación y me puse ante un folio en blanco y, sin dudar ni medio segundo, pinté de azul la mitad. La bandera oviedista de papel lució varios días en nuestro balcón.
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Desde que se inventaron las listas de éxitos como herramienta de marketing existe el concepto `one hit wonder´. Artistas que llegaron, besaron el santo y desaparecieron dejando como único legado el eco de un petardazo. El arquetipo lo han ido dibujando desde el inicio una legión de nulidades musicales pero, ojo, no hablamos aquí solo de necios iluminados por la casualidad. Maravillas de un solo día las parieron también genios que merecieron mejor suerte. Así recuerdo yo la época del Tito Pompei en el Oviedo. El argentino fue un hitazo que el fútbol acabó difuminando en fade out demasiado pronto. Terminaba octubre del 97 y en la radio atronaban los Hanson, pero en el Tartiere nos entregábamos a la musicalidad de una zurda impagable. No me cuesta ponerle banda sonora a algunos recuerdos. 
Peter Dobovsky (Bratislava, 1972 – Surat Thani, 2000) forma parte de los momentos de la etapa más triunfal del Real Oviedo. Casualmente, o no, su fallecimiento coincide con el inicio de la debacle azul. Ni una temporada transcurrida desde su muerte hasta el descenso deportivo a Segunda A, al que luego siguió el administrativo hasta lastrar al club a Tercera División. Desde entonces, el oviedismo pervive incansable al desaliento, condenado en Segunda B a las puertas del retorno al fútbol profesional, anclado en la firmeza de su incombustible afición, esa que le ha permitido cautivar a su nuevo máximo accionista, el hombre más rico del mundo, Carlos Slim.