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Peña Oviedista Barcelona

Autor

sergioazul1926

Historias del Oviedín: El soldado desconocido, Carlos

 

Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

No veas como aprieta Zuazua con el “coche escoba”. Bien sabe la gente que me conoce que a mí lo de sentarme delante de un ordenador a escribir me cuesta horrores y por eso suelo dejarlo para las musas de la última llamada.

384He renunciado a escribir sobre Carlos porque pensaba que, a estas alturas, ya estaría más que pillado. Porque aquí en Madrid, el Real Oviedo sigue siendo Carlos. Preguntas a los más jóvenes de la redacción, que casi ni se acuerdan ya del equipo de Primera, y su nombre les sale disparado como una pierna en una prueba de reflejos, bastante por delante de otros más recientes como Oli, Pompei o Dely Valdés. Por eso pensé en él como comentarista en el estreno del nuevo Tartiere. Una pena que con el “rebote” del segundo satélite apenas se le entendiera nada. Carlos, aquel delantero que llegó en el año del ascenso casi a regañadientes, o sin casi, y que terminó siendo ídolo de una década a base de lo que ahora escasea, de tacs, de remates de primeras, y tan asturiano y oviedista como uno cualquiera que haya nacido en la maternidad del Cristo y le hayan bautizado en los Santos Apóstoles. Seguir leyendo «Historias del Oviedín: El soldado desconocido, Carlos»

Historias del Oviedín: A las vacas, ni mú

Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

Lo que yo no sabía era que esa tarde iba a cambiar mi vida. O al menos la mitad.

Nacho, papá y yo habíamos bajado a Santianes, donde llevábamos todo el día arreglando los problemas del mundo y de las vacas, que viene a ser lo mismo, al calor del pan moreno y las morcillas infinitas de los de Casa Rosa.

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Historias del Oviedín: Descubriendo el sentimiento (Real Oviedo-Las Palmas 1998)

 

Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

No sé si los sentimientos, irracionales por naturaleza y siempre incontrolables, se pueden llegar a entender o simplemente se sienten y punto. No lo sé. Pero yo gracias a aquel viernes lo comprendí todo. Entonces ni siquiera me di cuenta, sencillamente lo procesé sin más con toda la ingenuidad y la inocencia de un niño de trece años que soñaba con ser futbolista y, si no, piloto. En aquella época de EGB y ESO ni tenía capacidad ni la necesidad de preguntarme por qué el Real Oviedo. Las razones aparecían obvias, a saber: el equipo era uno de los clubes con más solera de Primera División y cada dos domingos tenías cita en el Tartiere con la élite del fútbol español. Pero es que además, en casa, mamá no te daba de cenar hasta que saliera el resumen del Oviedo en Estudio-Estadio; tío Jaime y tío Pedrote contaban peripecias de su pasado como futbolistas del Real Oviedo y flipabas escuchando la historia de su enfrentamiento contra Cruyff; el abuelo, hoy socio número cuatro, presumía de insignia de oro en la solapa de su chaqueta, y el tío Felinos, que en paz descanse, recordaba lo mucho que había cambiado el club de cuando le tocó presidirlo. Para mí, pues, fue fácil adherirme al oviedismo.

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Historias del Oviedín: El folio en blanco, Vili

Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

La escena de incertidumbre ante el folio en blanco: cómo empezar a escribir una historia, una crónica o una redacción para el cole. Probablemente aquella tarde yo tuve que escribir una porque recuerdo que estaba terminando los deberes para el lunes con la radio de fondo que iba y venía. Es la costumbre de mi madre cuando nuestro equipo se la juega en algún partido: bajar el volumen en el momento más emocionante y esperar a la reacción de los vecinos. Entonces, sea buen o mal desenlace, vuelve a subirlo. No hubo goles en aquel partido en el Lluis Sitjar de Mallorca, que mi padre veía con su cuadrilla en un bar cercano. Al silbato que anunciaba el final siguieron miles de gritos, bocinas y abrazos en la calle que pudimos ver desde la terraza. Mi madre, emocionada por lo que hubiera disfrutado mi abuelo con el ascenso del Oviedo, se lamentó de no tener una bandera. Corrí a mi habitación y me puse ante un folio en blanco y, sin dudar ni medio segundo, pinté de azul la mitad. La bandera oviedista de papel lució varios días en nuestro balcón.

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Historias del Oviedín: Mi primera vez

Textos publicados en los libros “Un derbi solidario”.

Mi padre tenía las piernas más hermosas del fútbol español. Que yo recuerde, sólo el sportinguista Joaquín Alonso podía hacerle sombra. Ambos eran altos, esbeltos y educados hasta el extremo de no saber si estaban en el césped de El Molinón, en el campo del Júpiter leonés Real Club (en el caso de mi padre) o en un salón parisino. Creo que, al margen de este valioso detalle en mi vida, mis evocaciones rojiblancas apenas tendrían trascendencia. Es cierto que el bigotudo Capitán despertaba la admiración y las simpatías de medio mundo, pero en mi caso sólo había ojos para el Oviedo y el Real Madrid, aunque nunca he tenido claro si por ese orden.

He vivido durante años alejada del planeta fútbol. A mi manera, he subsistido en una burbuja sin goles, sin remates a porterías, salvo en aquellos momentos en los que era inevitable escuchar la radio en el coche, cuando regresábamos de la playa precipitadamente y en un evidente estado de nervios colectivo. Cualquiera diría que el universo se encaminaba a su cataclismo final sólo porque empezaba un partido de fútbol. Y daba igual que los niños lo estuviéramos pasando de muerte o que fuera el primer día de sol en meses. Mi padre y mi tío Janano, brillante delantero del Oviedo a mediados de los años cincuenta, desmontaban el chiringuito y ¡hala! Todos a casa, a vivir la vida de color azul.

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